martes, 25 de septiembre de 2018

Un mosquito se metió en mi nariz

Un mosquito se metió en mi nariz. Después de estornudar tres veces, mientras limpiaba mi flujo nasal con una servilleta vi de reojo las hormigas que intentaban entrar al hoyo de su hormiguero, me sentí un poco culpable por haberlo tapado con bastante pintura.
Unos minutos antes, mientras esperaba que la llovizna terminara para comenzar a pintar afuera, me senté sobre unas mantas dobladas que se utilizan para proteger el piso
Comía un sándwich de jamón y tomaba un jugo de mango cuando el mosquito suicida interrumpió mis pensamientos sobre mi claustrofobia.
Usualmente no tengo tanto problema en matar algún insecto cuando se interpone en mi trabajo, pero cuando tengo que tapar su guarida sabiendo que en el interior del hoyo hay cientos de hormigas que posiblemente morirán asfixiadas o de hambre al no poder salir a la superficie; siento remordimiento.
No es la muerte lo que me incomoda; sino la forma de morir.
Soy un agnóstico que cree en el karma y en el amrak.
En realidad el amrak es un invento mío. Le llamo así a aquella situación en la que el karma se aplica de manera opuesta, como aquel día en el que estaba pintando una pared y una colmena se me atravesó; me detuve para permitirle que se alejara volando y un par de horas después recibí una llamada de la escuela de mi hijo para decirme que fuera por él porque le había picado una colmena.
En el patio trasero de mi mente, siento temor de morir encerrado sin poder moverme, así como el mosquito.
Eso de tener fobias es un fastidio.
Me termine el sándwich y la lluvia se disipó,  disfrute el último sorbo del jugo sólo para comprobar que en mi área de trabajo había otro hormiguero que necesitaba ser tapado.

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